Últimamente he gastado el tiempo pensado en el culo de ella. Lo he mirado tanto, lo he apretado tanto, lo he besado, mordido, arañado, amasado y lamido, que ya lo aprendí de memoria. Su culo es un culo incongruente, ilógico, es un culo que se modifica, al igual que sus tetas, su culo es inteligente, camaleónico, y sabe mostrarse o esconderse, sabe hacerse superficial y a la vez penetrante. Su culo sabe ser frívolo y a la vez perspicaz.
Pero sin duda el mejor culo de todos es el que aparece cuando ella llega cansada del trabajo. Entonces se deja acariciar por las noches. Se tira a la cama desnuda para que yo le haga un masaje y su culo es tranquilo, hermoso. De todos los culos que me gustan, el culo de ella es el culo que màs amo en el mundo entero.
Muchas veces he sentido que la suerte llega a su final, que la rueda de la fortuna gira y el ángulo de la miseria con sus penurias y tristezas se me acerca para arrebatarme el gozo, la pereza, la felicidad y los cuentos que leo. Gira la rueda, se alzan los pobres, decaen los poderosos, y me hace girar para dejarme atados las facturas, los noticieros, la música bailable paisa, y todo aquello que tanto aborrezco. Entonces me pongo a pensar en su culo y vuelvo a sentirme vivo y feliz. Desde ahora y para siempre me he convertido en un esclavo de su culo.
Cafetería: El tejadito, donde está Santa Elena y otros locales de comida.
Dos chicas acaban de llegar al pabellón de la pastelería Santa Elena, en la universidad EAFIT. Son las primeras que vienen a la cafetería y el lugar está infestado de sillas escuálidas y mesas vacías.
―!Cómo así! ―dice una de las chicas―, siéntate y me cuenta lo que pasó.
Ambas escogen una mesa y dejan sus maletas a un lado.
El tejadito en la noche
―Ya te lo cuento todo, ―dice la otra―, no te imaginas lo que pasó el sábado, pero vas a tener que esperarme porque me dieron unas ganas tremendas de orinar… Ya vengo. ―Así que sale caminando rapidito hacia el bloque 35, un edificio de aulas de clase, al lado de la cafetería, que tiene baño para mujeres en el primer piso. La chica tiene el cuerpo rellenito de carnes y aún así tiene la cintura estrecha. Su pelo es largo y lo tiene cogido en una cola, que le oscila cuando avanza. Lleva puesto un jean negro, tenis blancos y una chaqueta de nylon verde. Al caminar se mueve con gracia, como si dirigirse al baño fuera de lo más entretenido.
Ingreso a la Universidad Eafit por la Av las Vegas
Son las 7:30 de la mañana, es lunes, y las mesas plateadas de Santa Elena lentamente comienzan a ocuparse. Los muchachos y muchachas que llegan a esta hora madrugaron a clase de seis. Todos se ven muy jóvenes, ninguno debe sobrepasar los 23 y están bien abrigados. Llevan maletas en los hombros y vienen al toldo de la cafetería conversando en parejas, en grupos de tres, máximo cuatro, pero no en más cantidad. Por lo visto, hoy no hay estudiantes novatos, pues sólo ellos se juntan en grupos numerosos. Y no es que los estudiantes experimentados se impongan, de manera tácita, actuar en pequeños grupos. Es una cuestión meramente causal: en un grupo numeroso el estudio se hace prácticamente imposible.
Torre técnica y Biblioteca en una noche con Luna
La chica que se queda sentada, esperando a que la otra orine, y venga a contarle el chisme, es delgada y su rostro es triangular. A la mesa vecina ha llegado un chico. Deja la maleta y saca de ella una computadora portátil. Abre la bisagra y la prende. Espera unos segundos y luego de un par de operaciones se conecta a través de la WIFI, abre su e-mail, a la vez que mira otros sitios web. El chico tiene el pelo cortado a ras y una chompa de rapero. En ambas orejas tiene un arete plateado, del mismo color de las mesas de Santa Elena, pero mucho más brillantes. Está sentado y desparpajado. Su espalda está por tocar el asiento de la silla y extiende sus manos hasta la portátil.
Interior de la biblioteca
Luego de un par de minutos llega del baño la chica.
―Qué descanso…, otro minuto más y me reviento.
Se sienta y se frota las manos. Tiene la cara redonda, es blanca y sus pestañas son largas. A pesar de sus carnes, esta chica se ve muy sexy.
―Cuéntame pues, lo que pasó el sábado en la noche―, insiste la flaca.
―Nada mija, que ese hijueputa no llegó.
―¡¿Qué?!
Cuaderno de Eafit, con un clásico de Gay Talese y un número de "De la Urbe", periodico estudiantil de la Universidad de Antioquia.
―Cómo te parece el maldito, ¿ah? Lo esperé como 20 minutos y luego me fui, estaba furiosa…, ¡pero no lo llamé!
Ambas chicas se miran por un momento y no se dicen nada. Las otras mesas de la cafetería se siguen ocupando y el murmullo comienza a subir de volumen. Más allá, un par de muchachas desayunan con café y pasteles de queso de un tamaño mínimo.
―Y más tarde ―dice la flaca― ¿él tampoco te llamo?.
―No, ―contestó la gordita sexy y torció los labios, arrugando los cachetes.
―Pero esta mañana me dijiste que lo habías visto ayer domingo en Mayorca.
―Sí allá lo vi.
―¿Y no hablaron?
―No
―Y ¿por qué?
―Porque él estaba con Jorge.
―¡¿Con Jorge?!― preguntó la flaca tremendamente asombrada.
Bloque 18 en una tarde Fría
A Donkin´Donuts llega una chica de unos 19 años. Viste con jeans y suéter de Kurt Cobain. Pide una Coca-cola con sándwich de Jamón y queso. Saca del bolsillo de la nalga una billetera de cuero roñoso, y paga con un billete grueso. El esmalte morado ha comenzado a caerse, de modo que sus uñas lucen pintadas en la raíz y descuidadas en las puntas. Se ve linda, ingenua, con pinta de rocker y debe estudiar alguna ingeniería.
Plazoleta Grenn, así ahora no exista local de Grenn sino de café Oma.
―¿Tu novio estaba con Jorge en Mayorca? ―volvió a preguntar la flaca― y ¿qué estarían haciendo esos dos por allá?.
―No tengo la menor idea ―contestó.
Mientras tanto, en el cajero-automático, cuatro personas hacen fila.
―¿Y te vieron?
―No…, no me vieron.
―Y entonces, ¿qué vas a hacer con tu novio?
―No sé..., ―contestó pensativa la gordita mirando las montañas llenas de niebla― y menos ahora…, con ese Jorge en el camino… la verdad no sé.
Exterior de la Biblioteca
Faltan quince minutos para las ocho de la mañana y todas las mesas están repletas. El nivel de parloteo es máximo. Risas y charlas congestionan la cafetería y los tintos, la comida, los cuadernos, los libros, las calculadoras, las maletas y fotocopias, no dejan espacio en las mesas. Unos chicos están sentados y otros van y vienen con cigarrillos en la boca y otros con bandejas con jugos y pasteles calientes.
El gallo de EAFIT
Hay un chico rubio, con el pelo revolcado, de ojos azules y labios rojos. Tiene cara de extranjero, y hay que decirlo sin pena, un extranjero muy bonito. Tiene unos 20 años. Está vestido como un maniquí de Chevignon. Tiene camiseta, jeans y unos tennis blancos y relucientes que cuestan 700.000 pesos en el centro comercial el Tesoro. En su bandeja tiene un jugo de naranja con un pastel hojaldrado de verduras, una tarta de espinaca y dos galletas chips. La tarta es un pastel hecho de jamón, queso, crema de leche y hojitas verdes de espinaca. Las galletas son de chocolate con esquirlas de nueces. El chico desayuna con paciencia única, pues todo a su alrededor es afán y ansiedad. Pero este chico se lleva un bocado del pastel de verduras, lo pasa con un sorbo de jugo, y se saborea con verdadera filosofía. Luego toma una porción de la tarta, y esta vez la masca en seco, para no mezclar el sabor de la espinaca con el jugo de naranja. Alza la cabeza y mira satisfecho, toma aire, inflando los pulmones, y en su cara se nota que la tarta está riquísima. Luego de esto, se lleva a la boca una de las galletas y de un solo bocado se la come entera.
Exterior de la Biblioteca y Plazoleta del Estudiante
Faltan cinco minutos para las ocho y la gente comienza a desfilar para los salones. Otro chico suelta una carcajada y la chica que lo acompaña lo empuja por el hombro ―No te rías, ¡pendejo!― y continúan en dirección del bloque 35. Otras chicas se despiden ―bueno, niñas, les deseo suerte en el parcial―, y reparten picos ―¡mua, mua! y ¡chao chao!.
Exterior de la Biblioteca en la noche
En pocos minutos la cafetería vuelve a estar muy sola y ya no hay fila para comprar en ninguno de los locales de comida. Solo un par de mesas están ocupadas. En una de ellas sigue sentado el modelito Chevignon y en otra, muy cerca, un par de chicas rajan sobre él y lo miran con malicia. Ambas están bebiendo café en unos termos negros y largos que trajeron de sus casas. De un rincón emerge un par de señoras con uniforme de pantalón y camisa azul rey, con zapatos negros de mecánico, el pelo cogido en una moña, guantes blancos, escoba y recogedor. Repasan las mesas acopiando bandejas, vasos desechables, sobras de comida y barren las cuscas de cigarrillo aplastadas en el piso.
Otro ángulo de la Biblioteca
Pasados 90 minutos, a las 9:30 am, cuando termine la clase de las ocho, este lugar estará de nuevo infestado de estudiantes y profesores, no habrá lugar en las mesas y habrá filas en los locales. Sin embargo, a las diez de la mañana, las clases barrerán nuevamente con todo. Las tiendas dejarán de vender y las dos señoras, armadas de recogedor y escoba, harán lo suyo. El pabellón de Santa Elene tiene una frecuencia respiratoria, una que no toma aire sino gente y la vuelve a despachar. Las chicas del termo negro, las únicas que quedan en la cafetería y sentadas al lado del modelito, lo miran y una de ellas dice en un susurro:
―Yo siendo ese man, y con este frio, me voy para la casa a dormi
―Sí ―dice la otra―Qué pena quedarse en la cafetería… sola como un hongo.
Colección de Literatura que me tienen guardada en la Biblioteca