CERDOS Y PECES


Por fin aparece en la web un link de la legendaria revista argentina Cerdos y Peces editada por Enrique Symns. Se pueden leer Crónicas de alcantarilla y otras entrevistas. Muy recomendable, muy underground.

http://pecesycerdos.blogspot.com/

APUÑALADO

Hace una semana no salgo de la casa. Estoy apuñalado por la enfermedad. Pongo los ojos en las letras y no puedo leer. Solo duermo, cago y veo la estúpida tv. Eso me saca de quicio. Si pudiera al menos concentrarme en alguna página de prensa, en alguna música, si pudiera cerrar los ojos y quedarme en silencio y dormir eternamente por una semana, eso sería el cielo. Dejar de vivir y vivir en sueños. Ayer soñé en una casa de campo.



Era amplia, fresca, con paredes en tapia gruesa y una sala con muebles blancos y cojines marroquíes y tapetes traídos de Estambul, paredes con estampillas gitanas y velos húngaros y un puesto para la pipa Judía. Era tranquilo estar allí, y respirar un aire ajeno, un aire con pinceladas de incienso acre.

De vez en cuando me asomo a la ventana y siento el aire de afuera. Es gratificante saber que un día volveré a estar allí, entre el viento, las calles y mirar a este señor de frente, sin vergüenza. Soy un animal enjaulado, un esclavo, un preso. Soy un leproso, tengo miedo, frio y miedo. No sé qué pasará mañana cuando no amanezca y el cielo se cubra para siempre de una nube espesa de ceniza. Mañana, cuando las calles oscuras y solas, tengan en los rincones a sus violadores, a sus putas y dealeres, y otros seres de la calle y la noche…ellos que esperan a que pasemos para darnos por culo. El miedo es a perder la esperanza. El miedo es a perder el juicio. El miedo es a perder el amor y volvernos desconfiados y tremendamente solos. El miedo es a estar un día desnudos ante la puerta de la maldad y saber que de allí no retornaremos, y estaremos para siempre vacíos, y para siempre ansiosos, corriendo y ansiosos

Henry Miller: Fragmento de "Trópico de Capricornio"


Siempre me asombraba la facilidad con que la gente se enfurecía con sólo oírme hablar. Quizá mi forma de hablar fuera algo extravagante, si bien ocurría con frecuencia cuando hacía los mayores esfuerzos para contenerme. El giro de una frase, la elección de un adjetivo desafortunado, la facilidad con que las palabras salían de mis labios, las alusiones a temas que eran tabú: todo conspiraba para señalarme como un proscrito, como un enemigo para la sociedad. Por bien que empezaran las cosas, tarde o temprano me descubrían. Si me mostraba modesto y humilde, por ejemplo, en ese caso resultaba demasiado modes­to, demasiado humilde. Si me mostraba alegre y espontáneo, audaz y temerario, en ese caso resultaba demasiado franco, demasiado alegre. Nunca conseguía estar del todo au point con el individuo con quien estuviera hablando. Si no era una cuestión de vida o muerte —todo era una cuestión de vida o muerte para mí entonces—, si simplemente se trataba de pasar una velada agradable en casa de algún conocido, sucedía lo mismo. Emana­ban de mí vibraciones, alusiones y matices, que cargaban la atmósfera desagradablemente. Podía ser que se hubieran diverti­do durante toda la velada con mis historias, podía ser que les hubiese hecho desternillarse de risa, como ocurría a menudo, y todo parecía augurar lo mejor. Pero, tan fatalmente como el destino, tenía que ocurrir algo antes de que concluyera la velada, una vibración se soltaba y hacía sonar la araña o recordaba a algún alma sensible el orinal de debajo de la cama. Aun antes de que hubieran dejado de reír, empezaba a hacer sentir sus efectos del veneno. «Esperamos volverlo a ver un día de éstos», decían, pero la mano húmeda y fláccida que tendían desmentía las palabras.


Personna non grata! ¡Joder, qué claro lo veo ahora! No había dónde escoger: tenía que tomar lo que había a mano y aprender a apreciarlo. Tenía que aprender a vivir con la escoria, a nadar como una rata de alcantarilla o ahogarme. Si optas por incorpo­rarte al rebaño, eres inmune. Para que te acepten y te aprecien, tienes que anularte, volverte indistinguible del rebaño. Puedes soñar, si sueñas lo mismo que él. Pero si sueñas algo diferente, no estás en América, no eres un americano de América, sino un hotentote de África, o un calmuco, o un chimpancé. En cuanto tienes ideas «diferentes», dejas de ser americano. Y en cuanto te vuelves algo diferente, te encuentras en Alaska o en la Isla de Pascua o en Islandia.

LOCO POR EDIPO


Yo no he podido entender cuál es la jodida razón para que me fascine tanto chuparle los senos a esta mujer. Cuando alguna vez se lo comenté a Jesús, mi amigo el sociólogo, dijo que la cuestión tenía que ver con algún complejo edípico, algún trastorno fundado a partir de haberlas dejado de mamar cuando era un bebe.

“Fue tan rico chuparle las tetas a su mamá” me dijo “que cuando dejaron de darle esa delicia, fue tal el trauma que, después de tantos años, sigue anhelando estar a toda hora pegado de una teta”.

Yo no sé qué tan cierto sea esto, y así se lo dije al marica de Jesús ese día, porque sin importar que mi mamá me hubiera dado seno hasta los quince años, yo estaría igual de loco por esos senos.