LOS INGENIEROS NO LEEN
Hace unos días un profesor de la universidad, doctorado en Alemania en alguna rama de la ingeniería y un idiota a pesar de todo, me preguntó qué clase de libros me gustaba leer. No recuerdo cómo diablos llegué a ese tema con el tipo pero sí la manera en que le contesté: con cualquier pendejada sabiendo que iba a quedar sano con mi respuesta, no porque yo lea cosas muy tesas, sino porque el profe, como todo ingeniero que se respete, no se lee una novelita ni a palo y menos un poema o un ensayo.
Es seguro que este profe estudia los libros más cabrones de ingeniería, unos libros que no se leen de corrido y hay que meterles el diente para entender sus ecuaciones y malabarismos algebraicos y que, bien juicioso, úno avanza a una velocidad de pag/hora; también es seguro que se leyó algún librito de Chopra o de cualquier otro charlatán por el estilo, pero también no hay duda de que sus ojos no se han cansado en los párrafos de la buena literatura.
Este profesor resuelve cualquier problema de análisis y diseño de circuitos lógicos digitales, pero es insoportable como conferencista. Escribe aquí y allá sobre el tablero, en un desorden desesperante, y cuando de pronto tiene que copiar un título o alguna frase en español lo hace con ortografía de ingeniero, que es una ortografía pragmática, sin tildes y sin distinción entre la ce y la ese. Además tiene una dicción terrible. En vez de pronunciar “octante” dice “otante”, no dice “para el lado de acá” sino “pa´n lao de acá”, dice “ento`os” en vez de “entonces” y en vez de pronunciar “adaptar” dice “adatar”. En fin, un montañero el hijueputa, que para acabar de ajustar les dice “mamitas” a las muchachas del curso. El hombre puede saber mucho de ingeniería digital, pero es pésimo como profesor. Y hay que verle el orgullo con el que se presenta, en la primera clase del semestre, sacando pecho y numerando los títulos de pros-grados hasta llegar a su doctorado en Alemania; hay que verlo con camisa verde a manga corta, por encima, y por debajo, haciendo de camisilla, asomándole por el cuello, una chillona camiseta azul; hay que visitarlo en su oficina para verle la ridícula expresión en el rostro cuando escucha música clásica, amplificada desde su pc: una actitud de fingida sensibilidad ante un arte que, se nota, no entiende ni disfruta.
En una oportunidad llegó al salón de clase con una tulita colgada del hombro. La dejó en el escritorio y comenzó a dar su cátedra. Al rato comenzó a sonar un celular. Y suene y suene y nadie contestaba. El profe se pegó la emputada del diablo. Que ¡qué era ese irrespeto!, que contestaran ya, que ¡qué carajos!, que los malditos celulares prendidos en clase, etc. Todos lo mirábamos muertos de risa sabiendo que el maldito celular que estaba sonando era el suyo, el que traía adentro de la tulita. Cuando una muchacha, con la risita en los labios y desde las primeras sillas, le hizo caer en cuenta de su bestialidad, el profe agarró la mochilita, sacó el celular y se largó del salón sin terminar la clase. A la siguiente semana llegó sin saludar y lo primero que dijo fue que sacáramos una hoja para hacernos un examencito.
De modo que cuando el dotor me preguntó qué clase de libros leía le contesté una güevonada y le cambié el tema por otro. Qué tal si le digo que este año Truman Capote me puso a leer Periodismo Literario y que, esculcando sobre tema en la biblioteca, encontré a Norman Mailer a Tom Wolfe y a Kapuscinski, y que además encontré una Antología de Grandes Reportajes Colombianos en la que leí una crónica buenísima que Gonzalo Arango le hizo al campeón de ciclismo “Cochise” Rodríguez, y que esta crónica me puso a tirar más caja que un loco; qué tal si le digo que con Arango me dio por leer a Eduardo Escobar y al resto de Nadaistas y que, si úno se pone a leer a los Nadaistas, irremediablemente, cae en las páginas de Fernando González, y leyendo al filósofo de “Otra parte” dan ganas de leer sobre la vida de Simón Bolívar…Qué tal si me pongo en ésas…, ¡Ni por el diablo!. De pronto el doctorcito se confundía y quedando en evidencia su pendejada hubiera tomado medidas en mi contra al momento de calificar los exámenes.
AFORISMOS Gonzalo Arango
POESÍA Y PENSAMIENTO
Gonzalo Arango
Mario Escobar Velásquez fue un escritor del carajo. Ya muerto, es un maestro en literatura…, y en asuntos de la vida. Cuando escribía lo hacía con hondura, llegando a los recónditos sitios del alma con una prosa muy bella. De él leí una frase: “Uno crece hasta el tamaño de las cosas que comprende, o expresa, o crea.” Esto me dejó muy tocado. Pues hay muchas, muchas, demasiadas cosas que no comprendo. Y sentí que tenía enano el corazón y el entendimiento.
En una oportunidad me puse a leer a Sastre, el maestro del existencialismo ateo. Y, qué mierda, no entendí ni pizca. Después estuve esculcando en la literatura paisa y me encontré a Gonzalo. Aquí algunos de sus pensamientos.
Con una mujer sólo se puede hacer una de tres cosas: quererla, sufrir o hacer literatura.
Una ciudad es un mundo cuando amamos a una persona.
Todos buscamos motivos racionales para creer en lo absurdo.
Solo lo amado es prohibido.
Cuesta mucho luchar contra los deseos del corazón; todo lo que quiere obtener lo compra al precio del alma.
Hace falta una inmensa ignorancia para acercarse a Dios.
No hay dolor comparable al de amar a una mujer que nos ofrece su cuerpo y, sin embargo, es incapaz de darnos su verdadero ser, porque no sabe dónde está.
El dolor mismo es el único alimento de la memoria; porque el placer termina en sí mismo.
El odio no es más que el amor irrealizado. Con la institución del matrimonio se ha legitimado la desesperanza. Cada beso es la conquista de la repulsión.
Cada uno de los cinco sentidos encierra un arte.
Hemos nacido para amar a quienes más nos hieren.
Gonzalo Arango
Mario Escobar Velásquez fue un escritor del carajo. Ya muerto, es un maestro en literatura…, y en asuntos de la vida. Cuando escribía lo hacía con hondura, llegando a los recónditos sitios del alma con una prosa muy bella. De él leí una frase: “Uno crece hasta el tamaño de las cosas que comprende, o expresa, o crea.” Esto me dejó muy tocado. Pues hay muchas, muchas, demasiadas cosas que no comprendo. Y sentí que tenía enano el corazón y el entendimiento.
En una oportunidad me puse a leer a Sastre, el maestro del existencialismo ateo. Y, qué mierda, no entendí ni pizca. Después estuve esculcando en la literatura paisa y me encontré a Gonzalo. Aquí algunos de sus pensamientos.
Con una mujer sólo se puede hacer una de tres cosas: quererla, sufrir o hacer literatura.
Una ciudad es un mundo cuando amamos a una persona.
Todos buscamos motivos racionales para creer en lo absurdo.
Solo lo amado es prohibido.
Cuesta mucho luchar contra los deseos del corazón; todo lo que quiere obtener lo compra al precio del alma.
Hace falta una inmensa ignorancia para acercarse a Dios.
No hay dolor comparable al de amar a una mujer que nos ofrece su cuerpo y, sin embargo, es incapaz de darnos su verdadero ser, porque no sabe dónde está.
El dolor mismo es el único alimento de la memoria; porque el placer termina en sí mismo.
El odio no es más que el amor irrealizado. Con la institución del matrimonio se ha legitimado la desesperanza. Cada beso es la conquista de la repulsión.
Cada uno de los cinco sentidos encierra un arte.
Hemos nacido para amar a quienes más nos hieren.
OPINIÓN: Elogio de la mujer brava
En ESTE BLOG SE VALE DE TODO... HASTA LA COPIA.
El sig es un artículo publicado por la revista semana.
ELOGIO DE LA MUJER BRAVA
Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.
Por: Héctor Abad Faciolince
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas.
Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran "no más usted me avisa y yo le abro las piernas", siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias). A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos. Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo. Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso. Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento. ¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!
El sig es un artículo publicado por la revista semana.
ELOGIO DE LA MUJER BRAVA
Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.
Por: Héctor Abad Faciolince
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas.
Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran "no más usted me avisa y yo le abro las piernas", siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias). A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos. Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo. Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso. Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento. ¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!
BIOGRAFÍA: Andrés Delgado
El artículo más prescindible que tiene este blog es la siguiente biografía. Se publica a raíz de los privilegios, y de la fastidiosa tendencia narcisista, que tiene el recopilador del material para CHICOS PÁLIDOS… Léalo si le gusta el chisme. Sino, déle clic a otro link del archivo, en la bandera izq, que seguro encontrará otras cosas más interesantes.
Andrés Delgado, (Medellín, 1.978). Los papás no se ponen de acuerdo con la fecha de su nacimiento. La mamá dice que fue un jueves 19 de octubre, pero Don Rafa, el papá, asegura que no fue el 19 sino el 20. En un improbable alegato legal, sobre este asunto, Don Rafa saldría vencedor, pues en el registro civil y en la cédula de su hijo está asentado que la fecha de nacimiento fue un 20 de octubre. Cuando se le pregunta a Don Rafa al respecto dice que la fecha no se la está inventando, que ella está muy clara en el papel legal. Por supuesto, la mamá es quien tiene la razón, así “el papel legal” diga otra cosa. No sólo porque ¿a qué mamá se le descuadra la maravillosa fecha en que concibió a su segundo hijo?, sino porque, además, todos los hombres sufren de un aberrante olvido para esas cosas.
El error sobre la fecha legal y la fecha real es un enredo fácil de explicar, pero ahora no vale la pena entrar en detalles. De modo que, así los familiares, ─a excepción del papá─, lo llamen el 19 para felicitarlo por su cumpleaños, Delgado se ve obligado a poner, en todo documento que llena de información personal, que nació un 20 del mes 10. Ése día, lo llama el papá y, después de felicitarlo, le dice: “mijo, y ¿cuántos años estás cumpliendo?
Cuando Andrés tuvo 11 años se consiguió una novia, una vecinita de su misma edad. Era pelilarga, mona y de ojos verdes. Muy linda la niña, por cierto. Pero muy rápido la vecinita lo cambió por otro niño de 15 años, pues éste sí le daba los piquitos que Andrés no fue capaz de darle.
En el Pedro Justo Berrio, colegio masculino dirigido por padres Salesianos donde Andrés estudio su bachillerato, a falta de jugar bien fútbol, se metió en el equipo de baloncesto. Allí compartió equipo con todos los mariquitas que los curas del Pedro Justo educaban. Era la época en la que el baloncesto estaba considerado como un deporte para niñas, pues aún no entraban los canales deportivos gringos y los torneos de la NBA, que popularizaron entre los machos el deporte “para niñas”. Pero no se vayan a confundir. Así la primera experiencia amorosa haya sido un fiasco, ya se dijo que, simplemente, el tipo era muy malo para jugar fútbol.
En el ejército, lo obligaron a disparar con un fusil G-3, con un Galil y ametralladoras M-60. Durante el entrenamiento para formar en la compañía de Policía Militar lo torturaron con tablazos en el culo y varios puñetazos, trasnocho continuo, insultos y otros vejámenes que se irán contando a lo largo de este blog. Le lavaron el cerebro hasta quedar convertido en un detestable fascista de mierda. Recorriendo las calles de Medellín como soldado, a todo marihuanero que veía fumándose un porro le conectaba una rabiosa patada en el trasero, le insultaba la madre, y le arrebataba el cigarro salvaje. Luego se guardaba la hierba en el camuflado y se la fumaba con otros soldados en el batallón.
Después de salir del podrido ejército colombiano ingresó a la Universidad Pontificia Bolivariana. A los dos meses de haber comenzado clases se cansó de estudiar ingeniería mecánica y se puso a estudiar Español y Literatura en la Universidad de Antioquia. Por un siniestro asunto tuvo que dejar la “de Antioquia” y comenzó semestre en la Universidad de Medellín. En la “de Medellín” también se aburrió y canceló.
Durante el siguiente periodo, la vida le regaló sus dos grandes amores: Abril y Maria Isabel.
Ahora estudia Ingeniería de Producción en la universidad Eafit. Se dice que la de Producción es muy parecida a la ingeniería industrial, es decir, administración de operaciones industriales, de manufactura y servicio. A Andretty le toca esa vaina de eficiencias, que los camelladores no se duerman, que trabajen más rápido, que no hagan las cosas mal, que minimicen y estandaricen sus movimientos, etc. En unas pocas palabras: cuando se gradué será todo un explotador del proletariado.
Cuando empezó a estudiar nadie apostaba un centavo por él. Ya la historia había confirmado que el tipo era bastante inestable en cuestiones académicas. Haber pasado por cuatro universidades le ameritó esa desconfianza.
En los primeros semestres tuvo que verle la cara al cálculo diferencial e integral, al álgebra lineal y a la física de las ondas, de la estática, la dinámica, de los medios continuos, de los sólidos, etc; además tuvo que pasar varias noches resolviendo problemas de ingeniería a punta de ecuaciones diferenciales, métodos numéricos y estadística de la más cabrona.
Familiares, amigos, y sobre todo el papá, celebran que el hombre vaya en octavo semestre sin desistir en la causa.
Ahora parece que va a trabajar en una empresa paisa, bastante reconocida, que exporta calcetines desde la zona franca del municipio de Rionegro. Eso parece un chiste. Andrés trabajando. Pero lo mismo se dijo cuando dejó la universidad Bolivariana para ponerse a estudiar literatura. Y lo mismo se escuchó cuando, de estar leyendo a Aurelio Arturo, a Silva, y al resto de tinterillos colombianos en la Universidad de Antioquia, pasó a resolver ecuaciones diferenciales con la trasformada de Laplace en Eafit. Como todo en su vida, este nuevo trabajo no va a dejar de ser un maldito chiste.
Sus libros favoritos son los siguientes.
Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. También del mismo autor, 2666, Amuleto, Estrella distante… en fin, Bolaño es buen escritor.
Sexus, de Henry Miller.
El señor de los venenos, de Enrique Symns.
Ahora anda leyendo periodismo: Reportajes, de Gonzalo Arango.
Una buena novela colombiana: Recursos humanos, de Antonio García Ángel.
Estos libros son lo que más le gustan en mayo del 2007. En Junio podrá aborrecerlos y colocar en la lista de preferidos a otros más.
Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. También del mismo autor, 2666, Amuleto, Estrella distante… en fin, Bolaño es buen escritor.
Sexus, de Henry Miller.
El señor de los venenos, de Enrique Symns.
Ahora anda leyendo periodismo: Reportajes, de Gonzalo Arango.
Una buena novela colombiana: Recursos humanos, de Antonio García Ángel.
Estos libros son lo que más le gustan en mayo del 2007. En Junio podrá aborrecerlos y colocar en la lista de preferidos a otros más.
En cuanto a música, Andrés prefiere el rock de la Vieja Guardia: Floyd, Zeppelín, Sabbath y cosas por el estilo. También acostumbra coleccionar Heavy, desde Judas hasta Stratovarious. Las bandas paisas: Kraken, Radiosónica, Frankie ha muerto, Parlantes, Neus (qué chimba de banda), La pestilencia(más paisa que rola), Réquiem, Masacre, Abismo. Pero también escucha The Strokes, Franz Ferdinand, Sonic Youth.
Y cómo no, el punk de la Polla y de los que le dieron el nombre a este blog: Los ilegales (de España, por supuesto).
CITAS: Symns y algunos inescrupulosos aforismos
- La envidia sexual siempre es buen acicate para el saqueo.
- La traición y el engaño producen un sentimiento indescriptible de satisfacción.
- Ciertos hombres, desilusionados por la vida, en lugar de tornarse cínicos se hacen más apasionantes.
- Nada que crezca en el jardín de la vida tendrá la efectividad de todo aquello que se desarrolla bárbaro y viril en la salvaje calle.
- El fingimiento está en la base de todas las acciones, y no por nada la palabra “actuar” tiene ese doble sentido: realizar una acción y fingir una acción.
- La mujer del amigo no es propiedad del amigo y por lo tanto puedes llevártela. Es de rufián acostarse con las amigas de tu mujer, pero es de caballeros acostarse con la mujer de tu amigo.
- Las mujeres más apetecibles son las que supuestamente pertenecen a los amigos.
- Probablemente somos humanos porque alguna vez, hace centenares de miles de años, cierta clase de mandril, mono tití, gorila o simio vagabundo se puso a comer plantas de belladona, hongos alucinógenos, datura o cactus mescaleros. Y si existen los dioses, éstos seguramente tienen su morada en el reino vegetal.
- Para poder sobrevivir hay que mentir, congraciarse con los otros, aprender poesía, compadecerse, ser capaz de llorar y de hacer reír.
- Eso es la cocaína, un resurrector instantáneo de la continua muerte que nos provoca el mundo.
- La sed, todos lo sabemos, es mucho más hermosa y estética que el hambre.
- Eso es una casa, un lugar sin escapatoria, donde los acontecimientos están acotados por las pantomimas hogareñas, y donde el milagro del encuentro está absolutamente prohibido.
- Todos los planes están malditos, han sido engendrados por le vudú de una brujería muy antigua que descree del misterio, que desprecia la espontaneidad de los acontecimientos.
LIBRO: El señor de los venenos
EL SEÑOR DE LOS VENENOS
Enrique Symns
Ed. El cuenco de plata
2005
Después de ver a Anthony Bourdain en su programa Sin reservas, ─televisado por Travel&living─, en el que viaja por todo el mundo catando la gastronomía callejera, provoca salir a mochiliar, a aventuriar, a untarse de calle y de mercando popular. Pero además, incita a comer con conciencia, a saborear cada textura e identificar las cualidades de lo que se lleva a la boca. Lo mismo ocurre con Symns. La lectura de estos episodios toxicológicos incita a estirar una línea y darse un buen pase de coca.
Enrique Symns
Ed. El cuenco de plata
2005
Después de ver a Anthony Bourdain en su programa Sin reservas, ─televisado por Travel&living─, en el que viaja por todo el mundo catando la gastronomía callejera, provoca salir a mochiliar, a aventuriar, a untarse de calle y de mercando popular. Pero además, incita a comer con conciencia, a saborear cada textura e identificar las cualidades de lo que se lleva a la boca. Lo mismo ocurre con Symns. La lectura de estos episodios toxicológicos incita a estirar una línea y darse un buen pase de coca.
Ahora, no se están anhelando los sórdidos extravíos que vivió Symns y que nos relata en su novela. ─Al género del libro lo colgaron del clavo: crónica auto-biográfica─. Lo que se envidia es la capacidad que tenía el tipo para llevar al plano concreto, de lo físico, de lo real, todos los destellos de genialidad que le despertaron los estimulantes. Ya lo decía Jim Morrison cuando afirmaba que gracias a las drogas se abrían las puertas de la percepción. Y de allí el nombre de su grupo “The doors”. Por supuesto el quid del asunto no es quedarse satisfecho con la recreación de un universo mental, etéreo y disparatado. La clave es utilizar los efectos de las drogas para plasmar una actividad concreta, para que queden testigos de las múltiples posibilidades que cada uno guarda. Symns lo confirma cuando, estando en la oficina de la revista que fundó, Cerdos y Peces, a la hora de hacer la edición, y al antojarse de un pase, abandonaba la sala de redacción argumentando al resto del equipo que iba a buscar un poco de inteligencia al baño.
En la prosa de Symns se puede leer una fuerza literaria, un vigor en cada frase, que le da cuerpo a la novela y hace muy entretenidas las aventuras allí narradas. Su novela desborda una sinceridad impúdica que lo pone en paralelo con figuras como Henry Miller y Bukowski. ─Esto último se ha dicho hasta el cansancio. Incluso se dice que Symns es el Hunter Thompson latinoamericano─.
Enrique Symns fue un vagabundo, ladrón y drogadicto hasta que, sin abandonar ninguna de estas actividades, también se volvió periodista del bajo mundo. Su campo de acción comenzó en el underground argentino de los 80’s cuando figuras como Andrés Calamaro, o el vocalista de la banda Versuit Vergarabat, aún no eran alcanzados por el espaldarazo de la fama y hacían sus presentaciones en cochambrosos bares de Buenos Aires. Pese a su resistencia para ingresar a los círculos virtuosos de la notoriedad y la farándula, Symns logra en los 90’s el reconocimiento del público. Sus columnas incendiarias y reportajes están escritos desde las atmósferas del subsuelo, atiborrados de crudeza, desvergüenza y sarcasmo.¹ Este periodo luminoso le durará muy poco. Con su arrogancia y grosería se ganará el desprecio de sus más allegados amigos. Es así como vuelve a sumirse en la vagabundería y en la desazón de la que siempre ha sido presa. Esta es la historia de un hombre que, sobre todo, fue un creador de utopías dispuesto a llevarlas a cabo.
¹Lo escrito en este comentario sólo tiene soporte en el libro comentado y en algunas entrevistas sacadas de la web. Si alguien tiene material adicional, algún número de CERDOS Y PECES, favor ponerse en contacto con este Blog.
En la prosa de Symns se puede leer una fuerza literaria, un vigor en cada frase, que le da cuerpo a la novela y hace muy entretenidas las aventuras allí narradas. Su novela desborda una sinceridad impúdica que lo pone en paralelo con figuras como Henry Miller y Bukowski. ─Esto último se ha dicho hasta el cansancio. Incluso se dice que Symns es el Hunter Thompson latinoamericano─.
Enrique Symns fue un vagabundo, ladrón y drogadicto hasta que, sin abandonar ninguna de estas actividades, también se volvió periodista del bajo mundo. Su campo de acción comenzó en el underground argentino de los 80’s cuando figuras como Andrés Calamaro, o el vocalista de la banda Versuit Vergarabat, aún no eran alcanzados por el espaldarazo de la fama y hacían sus presentaciones en cochambrosos bares de Buenos Aires. Pese a su resistencia para ingresar a los círculos virtuosos de la notoriedad y la farándula, Symns logra en los 90’s el reconocimiento del público. Sus columnas incendiarias y reportajes están escritos desde las atmósferas del subsuelo, atiborrados de crudeza, desvergüenza y sarcasmo.¹ Este periodo luminoso le durará muy poco. Con su arrogancia y grosería se ganará el desprecio de sus más allegados amigos. Es así como vuelve a sumirse en la vagabundería y en la desazón de la que siempre ha sido presa. Esta es la historia de un hombre que, sobre todo, fue un creador de utopías dispuesto a llevarlas a cabo.
¹Lo escrito en este comentario sólo tiene soporte en el libro comentado y en algunas entrevistas sacadas de la web. Si alguien tiene material adicional, algún número de CERDOS Y PECES, favor ponerse en contacto con este Blog.
CUENTO: Un inverno en Santiago
UN INVIERNO EN SANTIAGO
Cuando llegué a Santiago de Chile, en uno de los más espantosos inviernos que cubría a la ciudad, recordé el consejo de un amigo periodista y experto cazador de oportunidades: “cuando llegues a una ciudad desconocida no pierdas tu tiempo visitando a los contactos que trajiste anotados en un papelito. Si quieres llegar a consolidar tu propio criterio de esa nueva aventura es mejor que no te dejes influenciar por nadie. Deja que la intuición te lleve, métete en donde te venga en gana, sin que los miedos y precauciones de otros te agobien.”
De modo que fiel al concejo de mi amigo, y luego de pasar encerrado la mañana entera en la alcoba del hotel, esperando a que el clima tomara un mejor aspecto, salí en la tarde a recorrer solo las calles de la ciudad.
Cuando llegué a Santiago de Chile, en uno de los más espantosos inviernos que cubría a la ciudad, recordé el consejo de un amigo periodista y experto cazador de oportunidades: “cuando llegues a una ciudad desconocida no pierdas tu tiempo visitando a los contactos que trajiste anotados en un papelito. Si quieres llegar a consolidar tu propio criterio de esa nueva aventura es mejor que no te dejes influenciar por nadie. Deja que la intuición te lleve, métete en donde te venga en gana, sin que los miedos y precauciones de otros te agobien.”
De modo que fiel al concejo de mi amigo, y luego de pasar encerrado la mañana entera en la alcoba del hotel, esperando a que el clima tomara un mejor aspecto, salí en la tarde a recorrer solo las calles de la ciudad.
Luego de caminar varias cuadras, el frío obligó a encajarme en un bar. El recinto lucía bastante clásico y tranquilo. Blues en los parlantes, delicadas luces amarillas reflejadas en la cristalería y de las paredes colgaban fotos enmarcadas en madera. Pensé en el dinero que podría gastarme, pero como todavía tenía unos dólares ahorrados me permití unos cuantos tragos. Fui hasta la barra y pedí uno de whisky. El barman puso la copa con licor y me observó. Yo le devolví la mirada y ambos asentimos con cordialidad. Luego dio la vuelta y siguió en sus asuntos. El primer trago me despejó la garganta y los conductos que van a la nariz. Ahora, estaba más despierto y la música sonaba con más cuerpo.
Muy rápido me vi envuelto en una charla con el barman y a esa conversación se articuló una chica que estaba sentada un poco más allá de mí. Las conversaciones distraídas son las más estimulantes. En ellas sueltas bromas, te burlas, te ríes, empiezas a contar historias que no terminas, opinas, te quedas callado por un momento, bebes de tu trago, invitas a beber otro, y pasas de un asunto a otro sin concentrarte en ninguno. Finalmente, lo más importante cuando conversas no es lo que dices.
Se estaba haciendo tarde y el frío de la noche no ofrecía la mejor atmósfera para estar por fuera de mi alcoba. En consecuencia me despedí del barman y de aquella mujer.
A la semana siguiente volví al mismo bar y de nuevo encontré a la chica sentada en la barra. En esa oportunidad el barman no se unió a la conversación por la cantidad de pedidos que tuvo que atender. De modo que la charla entre los dos fue un poco más concentrada y ambos nos contamos breves cosas personales. Se llamaba Gabriela Santillini y me confesó que desde nuestro último encuentro no se tomaba un trago. En esta oportunidad descubrí en el rostro de Gabriela un implante de belleza. Yo la miraba para descubrir algún maquillaje especial, un brillo, un labial, algo que la delatara, pero fue inútil. Entonces le pregunté y me contestó que nunca usaba cosméticos. Soy un tonto, pensé, lo único que esta mujer tiene es una alegría que no puede ocultar. Así es, la alegría y la felicidad hacen hermosas a las personas.
A la hora de marchar ella insistió en llevarme en su carro hasta mi hotel. Yo, cómo no, acepté en el instante. En todo el recorrido no abrimos el pico para nada.
Muy rápido me vi envuelto en una charla con el barman y a esa conversación se articuló una chica que estaba sentada un poco más allá de mí. Las conversaciones distraídas son las más estimulantes. En ellas sueltas bromas, te burlas, te ríes, empiezas a contar historias que no terminas, opinas, te quedas callado por un momento, bebes de tu trago, invitas a beber otro, y pasas de un asunto a otro sin concentrarte en ninguno. Finalmente, lo más importante cuando conversas no es lo que dices.
Se estaba haciendo tarde y el frío de la noche no ofrecía la mejor atmósfera para estar por fuera de mi alcoba. En consecuencia me despedí del barman y de aquella mujer.
A la semana siguiente volví al mismo bar y de nuevo encontré a la chica sentada en la barra. En esa oportunidad el barman no se unió a la conversación por la cantidad de pedidos que tuvo que atender. De modo que la charla entre los dos fue un poco más concentrada y ambos nos contamos breves cosas personales. Se llamaba Gabriela Santillini y me confesó que desde nuestro último encuentro no se tomaba un trago. En esta oportunidad descubrí en el rostro de Gabriela un implante de belleza. Yo la miraba para descubrir algún maquillaje especial, un brillo, un labial, algo que la delatara, pero fue inútil. Entonces le pregunté y me contestó que nunca usaba cosméticos. Soy un tonto, pensé, lo único que esta mujer tiene es una alegría que no puede ocultar. Así es, la alegría y la felicidad hacen hermosas a las personas.
A la hora de marchar ella insistió en llevarme en su carro hasta mi hotel. Yo, cómo no, acepté en el instante. En todo el recorrido no abrimos el pico para nada.
Por lo que hablamos en el bar me pareció que Gabriela era bastante anticuada. En el transcurso de nuestras charlas insistió varias veces en que este tipo de rutinas, como irse sin compañía a tomarse un trago, era algo inusual en la inercia de sus días. En un principio me pareció que esa disculpa sonaba un tanto mentirosa. Pero luego, por sus comentarios, sus anécdotas, y sobre todo por sus gestos y reacciones ante mis historias, comencé a creer que, en efecto, su filosofía de vida era bastante quisquillosa y conservadora como para estar tomándose unos tragos sola en una barra. Yo le hablaba de viajes deschavetados, sin rumbo, durmiendo en cualquier comunidad hippie, ─para que rindiera la plata─, sin afeitarme, sin bañarme, o dándome una ducha en pelota a la vista de todo el mundo en la mejor opción; navegando por el río Amazonas, caminando por las montañas de Machu Picchu y pescando en el lago Titicaca. Y a la vez que se asqueaba imaginándose el retrete, en la comunidad hippie, en donde se posaban mil culos, se entusiasmaba con los paisajes naturales, con el conocimiento de gente extranjera y con el resto de aventuras. En el filo de la mesura que guardaba Gabriela pude reparar su contraparte. Noté que su actitud no era llevada con demasiada pertenencia. Por el contrario, toda su manera de actuar y pensar, estaba siendo forjada por algo externo que la reprimía. Ese constreñimiento es algo muy común en la gente moderna. En general todos queremos hacer una que otra locura. Esto, lo iba yo pensando en el camino del hotel.
Muy pronto llegamos. Cuando ya me estaba despidiendo, e intuyendo que Gabriela intentaba sacudirse con temor de su carácter vetusto, me aventuré a proponerle una última copa en mi cuarto. Ella aceptó un trago más, pero, desconfiando del barrio cochambroso de mi hotel, la próxima copa nos la tomaríamos en su departamento.
Esa noche dormimos juntos. Las pocas horas de sueño las pasamos abrazados. En la madrugada una corriente de aire frío me despertó. Sentí que Gabriela se incorporó y acomodó de mejor manera las cobijas que se posaban sobre mi cuerpo. Luego volvió a acostarse y me rodeó en un abrazo. Su regazo era cálido y demasiado cómodo. El mejor cobijo es la piel de una mujer, así como la mejor temperatura es la exhalada de sus arrumacos y besos. Al día siguiente me levanté a eso de las 7am y mientras me puse la ropa ella fue hasta la cocina y me preparó desayuno. Muy rápido me marché.
En adelante no pude seguir hablando con Gabriela. No contestó más el teléfono, y cuando fui a buscarla en el bar no supieron darme razón. Yo estaba aún tan perdido en Santiago que por más vueltas y revueltas, intentando encontrar el edificio en donde vivía, no pude dar con él. Eso me tenía bastante cabreado. Si yo no le atrajera no tenía por qué ofrecer tantas ternuras como me las ofreció en su casa. Además, yo no creía que se hubiera forzado a teatralizar sus cariños. Muchas cosas pasaron por mi cabeza en aquel momento. Pero llegué a la conclusión, para zanjar de una vez aquello, que, con esa añeja manera de asumir el mundo, era seguro que estaba pegada y escondiéndose en la pared de la vergüenza. Lo cierto era que yo quería volver a verla. Todos esos días, al momento de irme a la cama extrañé sus brazos calidos rodeando mi cuello, su piel, sus besitos, su cabello.
Una noche, inesperadamente, me llamó y dijo que quería verme. Para entonces yo había logrado colgarme en una empresa de metalistería y quería ahorrar algunos dólares. Además pensaba estar un tiempo en Santiago, conocerlo, y luego viajar a la pampa argentina. Porque, bueno, la verdad es que siempre había sido un tipo bastante inestable en la vida de ciudad. Pasados algunos meses, encerrado en una urbe, sentía que el cuello de la tranquilidad era apretado por los afanes de la aventura. De modo que muy rápido renunciaba a todo lo que tenía instalado y me tiraba de nuevo en un paracaídas improvisado, asumiendo el riesgo de caer en cualquier parte.
Cuando me encontré nuevamente con Gabriela casi no le atinamos a un diálogo. Se veía muy linda. Por descontado, yo tenía que confirmar alguna de mis teorías sobre su escamoteo. Así que lancé mi provocación disculpándome por lo de la otra noche. Su respuesta fue confesar que también estaba bastante apenada, dijo que nunca le había pasado una cosa así, que nunca se llevaba para su cama a un hombre luego de unas primeras copas, que ella debía tener una amistad primero, conocer a la persona, para luego trascender a otra relación más íntima. Y siguió con su repertorio de arrepentimientos y protocolos de buena conducta. Yo la miraba y me daban unas ganas terribles de besarla.
─Te entiendo ─le dije─, te entiendo, pero tienes que saber una cosa. Sé, o al menos eso es lo que formaliza la gente, que antes de existir el Amor debe existir la Amistad…, pero a mí esos convencionalismos me entorpecen, te lo confieso. Pero qué pasa contigo. Nos conocimos una noche y al siguiente encuentro estuvimos enredándonos las piernas en tu cama. Para mí, esa pasión que sentí cuando te besaba, ese entendimiento de los cuerpos, ─una improvisación que parecía practicada con anterioridad─ toda esa magia no fue un soplo de deseo fortuito…, entre tu y yo hay una energía, un hechizo especial.
Ya parecía yo un hippie playero de los que tanto he detestado, hablando de esas maricadas, pero de alguna manera tenía que explicarle todo lo que la había extrañado. Es verdad lo que algunos malditos pragmáticos dicen: el amor, para que el no lo está sintiendo, es una ridícula tontería.
─Tampoco puedo afirmar ─continué diciendo─, que todo ese rollo fue a causa de unos tragos chiflados. Esa atracción la sentí desde que entré al bar y te vi…, mujer, la verdad no sé qué puedas sentir por mí, pero sí sé lo que yo por ti. Y es que me encantas. Me muero por vos. ─A Gabriela se le iluminaron los ojos─. Me muero por pasar una tarde contándonos cosas…, las más triviales, las más graciosas y fortuitas. Me muero por irme contigo toda una tarde a un parque y tomarnos un café improvisado. Es más, si quieres nos vamos juntos a la pampa.
─Vos estás loco ─contestó─ creés que por el único hecho de que “te mueres por mí” vaya a tomar textura un romance entre los dos. Eso no es nada. Para que exista un romance debe haber otras cosas..., estás definitivamente loco.
─Si, entonces me falla la chaveta ─reconocí.
─Lo que tienes es un exceso de energía y de pasión.
─Está bien, pero creo que una historia de Pasión puede volverse muy fácilmente una historia de Amor, lo contrario es mucho más improbable. Además ─dije pensando en algo que escuché en boca de otro─ “todo lo que la Pasión construye, el Conocimiento lo destruye.”
─No digás tonterías ─replicó.
Cualquier cosa que fuera, lo nuestro tenía que funcionar, pensé. No todos los enamoramientos de un día soportan estos reclamos. Si una extraña conexión no me articulara con ella hace rato me hubiera largado de allí. Lo mismo tuvo que sentir Gabriela. Si se quedaba era porque intuía ese vínculo y guardaba una esperanza.
─Insinúas que lo pasajero es más emocionante que lo permanente…, ─dijo ella─ tenés que saber que lo que yo busco es algo seguro.
─Pero mujer, el amor es una aventura, una apuesta, y no un contrato con una empresa de seguros..., hagamos una apuesta y tergiversemos ese frío protocolo del paso dos después del uno. Vamos de una vez al dos y luego vemos qué sucede.
─Pero es que…,
─Pero es que nada─ la atraje hasta mí, y la besé.
─Ya te estabas demorando ─me dijo entre besos y risas.
A la siguiente semana ya estábamos rumbo a la pampa argentina.
─Si, entonces me falla la chaveta ─reconocí.
─Lo que tienes es un exceso de energía y de pasión.
─Está bien, pero creo que una historia de Pasión puede volverse muy fácilmente una historia de Amor, lo contrario es mucho más improbable. Además ─dije pensando en algo que escuché en boca de otro─ “todo lo que la Pasión construye, el Conocimiento lo destruye.”
─No digás tonterías ─replicó.
Cualquier cosa que fuera, lo nuestro tenía que funcionar, pensé. No todos los enamoramientos de un día soportan estos reclamos. Si una extraña conexión no me articulara con ella hace rato me hubiera largado de allí. Lo mismo tuvo que sentir Gabriela. Si se quedaba era porque intuía ese vínculo y guardaba una esperanza.
─Insinúas que lo pasajero es más emocionante que lo permanente…, ─dijo ella─ tenés que saber que lo que yo busco es algo seguro.
─Pero mujer, el amor es una aventura, una apuesta, y no un contrato con una empresa de seguros..., hagamos una apuesta y tergiversemos ese frío protocolo del paso dos después del uno. Vamos de una vez al dos y luego vemos qué sucede.
─Pero es que…,
─Pero es que nada─ la atraje hasta mí, y la besé.
─Ya te estabas demorando ─me dijo entre besos y risas.
A la siguiente semana ya estábamos rumbo a la pampa argentina.
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